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En lo más
profundo de Los Oscos asturianos; junto a la pequeña villa de Santa
Eulalia, pero lejos del mundanal ruido; en el fondo de un profundo
valle donde la niebla se adhiere a menudo al suelo, como imantada;
rodeado por un pequeño y frondoso bosque; resiste medio en ruinas
el Palacio de Mon. Noble
por los cuatro costados, flanqueado por soberbios escudos blasonados
y confundido con la desbocada naturaleza que poco a poco le
conquista, éste hidalgo caserón fue propiedad de un Marqués que
lo enajenó a un sirviente, que a su vez lo dejó en manos de un
heredero demente que hoy lo habita. El más complejo surrealismo se
queda corto ante el solitario espectáculo en el que la espesa
niebla, la regia mansión y la exuberante naturaleza son los
ingredientes, sazonados con los gritos desbocados del perturbado
morador, y en el que una vieja ropa de cama, lavada sabe Dios
cuando, y tendida junto a un enorme blasón, es la guinda. |