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Estamos en
Chauen, un pueblo blanco y azul enclavado en el corazón del Rif,
justo entre el Mediterráneo y un par de cumbres que aparecen
por detrás de la ciudad en forma de cuernos, y que es justo lo que
da nombre al lugar. Un paseo por su medina, y un rato sentados en
una de las terrazas de uno de los bares de su plaza principal, nos
trasladan a un ambiente de misticismo solo alterado por algún
vendedor callejero. Sus estrechos callejones, con suelo y formas
irregulares, y sus puertas y ventanas color añil sobre un fondo
encalado albergan ocasionales tendales que dotan a un paseo por estos
vericuetos de un encanto especial. |