|
Nápoles hierve a la sombra del inquietante y temido Vesubio, y es
allí donde se respira el más intenso espíritu del sur italiano. Para
hacerte con esta caótica y sucia ciudad es necesario
dar un paseo por el centro histórico, entre callejones llenos de
vida y color. En esta ciudad se puede parar en un bar y beber un
buen café napolitano, un café de verdad; escuchar las voces de la
calle mientras se avanza hacia el paseo marítimo, para desde allí
disfrutar la belleza del Golfo, divisar las islas de Ischia y Capri,
respirar y sentir el aire que refresca la ciudad y a las personas.
Subiendo
las colinas de Posilipo o San Martino se puede abrazar con la vista
la ciudad y el mar. Probablemente no haya tiempo suficiente para
pasar por todas las iglesias y monumentos, claustros, museos y
castillos de esta abigarrada urbe en la que su centro
monumental, presidido por la plaza del Plebiscito, es el claro
protagonista.
Pero
es al lado de ese centro monumental donde ese otro centro urbano
antiguo, absolutamente popular, emerge para darle a la ciudad su
tono siniestro, su olor a pueblo, su sabor a miedo, su color
dominado por la sombra. Allí, como sobrevolando las estrechas
callejuelas; como emergiendo sobre los antiguos edificios; como
uniendo ambos lados de una brecha; como desafiando a las fachadas
desconchadas; como descubriendo en un descuido la escondida
intimidad de los habitantes del barrio... allí reinan los tendales,
de todo tipo y hechura, de todo color y origen... Si hay alguna
ciudad en la que la ropa tendida entre el sol y la sombra cobra un
especial protagonismo, esa ciudad es Nápoles. |